POLITICAS DE HOY
La crisis
por Alfonso Zepeda Capistrán
       El viernes pasado se estrenó en el Broom Street Theater de Madison, Wisconsin la obra Los pájaros que son tus manos, cómo empezar un fuego bajo el
fuego, escrita y dirigida por Sol Kelley-Jones, joven activista que desde los diez años de edad se dio a conocer en el ámbito político por haber salido en
defensa de sus padres. Mejor dicho, sus madres, una pareja de lesbianas que como tal se veían amenazadas por iniciativas de ley discriminatorias hacia ellas.
Actualmente, a Sol se le reconoce ampliamente por su trabajo en contra de los constantes ataques de los cuales es víctima la comunidad gay. Hoy en día,
sin embargo, su mensaje va más allá de la comunidad gay. Sol, quien apenas cuenta con 22 años de edad y cursa su último año de estudios universitarios, en
Los pájaros que son tus manos nos presenta un complejo análisis de una situación devastadora, muestra de su capacidad como escritora, como artista y como
defensora de los derechos humanos.
       En Los pájaros que son tus manos, Kelley-Jones recoge las historias verdaderas de numerosas personas con quienes convivió en Palestina e Israel y en la
frontera entre Arizona y Sonora. “Estas historias no son excepcionales,” dice Kelley-Jones. “No le pertenecen a nadie. Han sido relatadas en diferentes idiomas:
mientras tomaba un té, entre un bombardeo y otro, en los retenes y puntos de control fronterizos, al cruzar la frontera, bajo toque de queda, en centros de
detención, y bajo una huerta de olivos. Tienen como propósito su diseminación.”
       La obra abre con una imagen campestre y un muro proyectados como fondo de escena. No es fácil distinguir de que campo o de que muro se trata
hasta que aparece un anciano palestino que apenas camina con la ayuda de un bastón. De repente salen dos guardias que bien podrían ser estadounidenses o
israelíes. Su actitud es violenta. Se notan desesperados, como si la adrenalina se les hubiera subido a la cabeza. Exigen los papeles del anciano quien demora
en sacarlos a tiempo.
       La escena inicial es representativa del marco ante el cual se desarrollará el resto de la obra. Se yuxtaponen los dos polos opuestos de la problemática del
poder y de la inocencia, del opresor y de la víctima, del arma y del bastón, del joven fuerte y del anciano débil, etc… y siembran el clima de terror en el cual
viven las personas cuyas historias se representan
en la obra.
       Después aparecen dos jóvenes mexicanos ante un muro de metal. Uno de ellos escribe un graffiti en el muro que dice “Soy humano.” Al otro se le oye
repetir “muro de metal, muro de metal.” Un muro cuyo impacto en la separación de familias se hace más evidente en escenas posteriores. Luego de una
emboscada, los jóvenes desaparecen en la oscuridad.
       Quedan en escena dos uniformados que gritan violentamente como locos. Una escena exagerada. Pero, habiendo cruzado la frontera yo mismo, y
habiendo sido víctima de la deportación, sé que también es posible ver a agentes fronterizos actuar como verdaderos animales salvajes. Luego nos damos
cuenta de que estos tipos son en realidad “vigilantes” uniformados, excombatientes militares, adictos a la cocaína y que sufren de Trastorno por Estrés
Postraumático, lo cual explica el estado físico y psíquico. Los vigilantes quedan ridiculizados por su exageración y por su hipocresía.
       La obra continua con escenas fronterizas de ambas regiones, Israel/Palestina y Estados Unidos/México, alternando de un lugar a otro y a veces de manera
simultánea a modo de comparación. Ejemplo tras ejemplo, presenciamos las injusticias y frustraciones por las que tienen que pasar quienes desean cruzar la
frontera.
       En la frontera con México, entre las víctimas están los dueños legítimos del desierto, los Tohono O'odham, aborígenes residentes del Desierto de Sonora
cuyo nombre significa gente del desierto y cuyas tierras abarcan ambas partes de la frontera, Arizona y Sonora. A los uniformados les da igual que sean indios
legítimos americanos. No distinguen entre ellos y los mexicanos. Los Tohono O’odham a su vez se siente invadidos y amenazados por el muro que sigue
expandiéndose hacia el desierto donde viven ellos. La expansión del muro ha ya sido causa de miles de muertes de migrantes que se arriesgan a cruzar por
el desierto por falta de alternativa.
       Ahora el muro también amenaza el modus vivendi de esta población indígena cuya existencia es cada vez más precaria. En el otro lado del mundo, los
palestinos son víctimas de la indiferencia de los guardias israelíes que se divierten jugando a los naipes mientras largas colas de palestinos esperan cruzar los
retenes para ir a sus empleos, a la escuela, o al hospital. No es justo, pero sí normal que las autoridades israelíes traten a los palestinos como terroristas, sean
jóvenes, ancianos, mujeres o niños, estén enfermos o estén por dar a luz.
       En la línea esperan un hombre y su esposa embarazada quien está a punto de dar a luz. El hombre, amenazado, pide que se le atienda a su esposa que
está por parir. Sus súplicas caen en oídos sordos que no le dejan de apuntarle con el fusil. Avergonzada, la señora se esconde tras una roca y da a luz sin la
ayuda de nadie, ni siquiera de su esposo. Los guardias no lo permiten. La niña, Mira, nace entre un charco de sangre. El cordón umbilical la une a su madre.
Pero la niña muere al instante debido a las condiciones. El hombre corta el cordón umbilical sujetándolo en una piedra y golpeando con otra hasta romperlo.
Después, entre lágrimas y sangre, tiene que limpiar la suciedad de su tragedia: una esposa agotada y destrozada física y mentalmente, un cuerpo inerte, y un
charco de sangre. No hay tiempo para llorar la muerte. Tampoco logran cruzar. Pero, después de lo sucedido, cruzar es lo de menos.
       En la línea hay una estudiante de medicina que se queja de que la traten como terrorista. Pero insiste en que terminará sus estudios para “salvar vidas”
mientras los israelíes “se las llevan.” Al final los guardias deciden cerrar el retén y todos regresan a sus hogares solo para volver a probar su suerte una vez más el
próximo día.
       La obra incorpora una y otra vez este tipo de contrastes. Pero también se cuestionan la existencia de Dios y la santidad de la Tierra Santa así como la
proximidad y la complicidad de Estados Unidos ante un sin número de violaciones de derechos civiles en ambas regiones. “Todo esto pudiera parar si
Estados Unidos lo quisiera,” comenta uno de los personajes, agregando además que las negociaciones de paz son “una mentira.” Y mientras tanto, el número de
muertos aumenta.
       En este llamado urgente a dar fin a la violencia y a la injusticia, Kelley-Jones hace una labor extraordinaria. Los actores han tenido que desempeñar
múltiples papeles dignos de actores profesionales. Auxiliados por audiovisuales -imágenes, videos y música- perfectamente entretejidos por toda la obra, su
impacto se ha visto magnificado profundamente. Sin la perfecta ejecución e incorporación de los medios, la obra hubiera sido otra.
       Al terminar la obra, la señorita sentada a mi lado comentó que jamás había visto mejor obra en el Broom Street Theater. A mí también me conmocionó.
Pero resistí las lágrimas.
       Con éxito la obra ha exaltado los sentidos del público.
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Los pájaros que son tus manos, cómo empezar un fuego bajo el fuego (The Birds That Are Your Hands: How to Start a Fire Under Siege) continua este
viernes y hasta el domingo 19 de abril en el Broom Street Theater, 1119 Williamson Street, Madison.