POLITICAS DE HOY
Ed Rico: amigo y colega
por Alfonso Zepeda Capistrán
    A mediados de diciembre me enteré del grave estado de salud en que se encontraba mi amigo y colega Ed Rico.  Aparentemente ya hacía una semana
que le habían dado de alta del hospital donde le habían estado tratando un cáncer terminal.  “Le dieron tres semanas,” me dijo Agustín, quien acababa de
visitarlo.  He oído de casos similares en los cuales el desahuciado logra sobrevivir muchas veces el tiempo indicado.  De cualquier manera, no quise esperar
para ir a verlo porque en una ocasión similar cuando me enteré de un amigo que estaba agonizando, debido a que iba de viaje, no pude verlo
inmediatamente.  Ese mismo día, cuando volví a casa y quise ir a verlo, su esposa me dijo, “murió hace veinte minutos.” Era pleno día de los padres.  Desde
entonces me he sentido muy mal por no haber llegado a tiempo, especialmente porque aparentemente había preguntado por mí.  “¿Qué querría decirme?,” me
sigo preguntando.  “Esta vez,” me dije, “no voy a dejarlo para después porque quiero tener la oportunidad de ver a Ed mientras todavía está vivo.”
       En cuanto pude fui a casa de Ed para pasar un rato con él.  Peter me acompañó porque él también quería verlo. Desafortunadamente, Ed no estaba en
condiciones de aceptar visitas por largos ratos y no se pudo platicar desahogadamente como nos hubiera gustado.  Ed estaba agotado y quería descansar.  Por
lo menos pudimos intercambiar un poquito con él.  Le prometí a Ed volver a visitarlo, pero la siguiente vez que aparecí por su casa él ya no estaba allí.  De
repente,  apareció Debora quien me informó que hacía dos días se lo habían llevado al hospicio, residencia para enfermos desahuciados.
       Seguí a Debora al hospicio y los dos pasamos un rato con él.  Para entonces Ed ya no habría mucho los ojos y le costaba respirar.  Pero aun reconocía las
voces de quienes le hablaban.  Insistía en levantarse aun cuando no podía.  Insistía en que le ayudáramos a escapar del hospicio para irse de viaje.  Quería irse
en tren por todo el país, como cuando de joven.  Le encantaba viajar en tren.  También insistía en que le habláramos de historia.  Y cuando lo hacíamos,
repetía una y otra vez, “cuéntame esa historia de nuevo,” o, “empecemos con el año 1492 otra vez.” Así estuvimos aproximadamente una hora hasta que se
quedo dormido.  
       Ed murió dos días después, el 20 de diciembre del 2008.  
**
       Conocí a Ed a través de Communities United.  Él había estado muy involucrado en asuntos educativos con esta organización y otros grupos en Madison.
Cuando yo empecé a participar activamente en Communities United, todos me sugerían que me pusiera en contacto con él para continuar la labor del comité
educación de LUChA a través de, y en colaboración con, Communities United.  En cuanto me comuniqué con Ed, él respondió agradablemente.  Allí empezó
nuestra amistad.  Eventualmente Ed se incorporó a LUChA y llegó a ser uno de los miembros más leales y más responsables de esta organización.  Siempre que
le pedíamos su colaboración lo hacía sin titubear y cumplía al pie de la letra. Además hacía un trabajo impecable.  De vez en cuando, inclusive, dimos
ponencias en colaboración. Por varios años, Ed se encargó de llevar a cabo las elecciones de nuestra organización dando su tiempo, dinero y esfuerzos para
que fueran un éxito. Nunca falló y siempre fue generoso.
       Ed era uno de esos tipos que decían las cosas tal y como eran, sin pelos en la lengua. No le temía a ningún desafío. Aprovechamiento académico,
discriminación, corrupción gubernamental, diversidad en el reclutamiento de personal en las escuelas públicas y en entidades de gobierno, etc…a todo le
entraba siempre como al toro por los cuernos.  Tal vez no era de los más diplomáticos, eso sí.   Pero tenía buen tino.  Decía firmemente lo que creía, fuera
controversial o no, y acertaba con mucha frecuencia.  Su abogacía a favor de todas las comunidades minoritarias del área de Madison era bien reconocida.
***
       Ed vivió una vida interesante y llena de aventuras.  Ésto hacía de él un tipo extraordinario, con mucha experiencia y con mucho que contar.  Por eso
también era siempre bueno tenerlo al alcance para consultas.    
       Hijo de padres de origen ítalo-español y alemán, hijastro de un sueco, nieto de un obrero alemán socialista, estudiante de un colegio católico de monjas
irlandeses, Ed creció para la aventura.  Desertó la escuela preparatoria antes de graduarse para aventurar por todo el país.  Viajero aventurero, Ed vio todos los
50 estados de la Unión Americana.  Vivió entre los navajos en Arizona y los mexicanos al sur de la frontera, en Tijuana y en Juárez, donde ambos grupos lo
aceptaron como uno de los propios. Desde muy temprana edad trabajó en lo que pudo para sobrevivir, inclusive de granjero en Minnesota.  Ed también trabajó
para diferentes entidades gubernamentales en Minnesota y en Wisconsin, y como instructor de historia en el Colegio Técnico del Área de Madison.  Era experto
en historia, en cine, y en la Generación Beat.
       Ed hizo su entrenamiento básico para el servicio militar en Fort Hood, Texas, el mismo lugar y la misma división donde había entrenado Elvis.  Ejerció
“diez meses y veintiún días,” hasta que lo licenciaron “seis semanas antes de cumplir los 19 años,”  por mala conducta.  Aparentemente, Ed se enlistó en el
ejército porque quería ir a Alemanía y manejar tanques de guerra, pero lo querían enviar a Corea.  Ed rehusó ir a Corea y se empezó a portar mal con la idea
de que eventualmente lo licenciaran, lo cual sucedió en diciembre de 1960.  Allí convivió con hispanos, negros, y blancos y pudo ver de cerca la
discriminación, particularmente hacia los negros, que bien los dejaban pelear por el país pero sin tener derechos de igualdad.  Por eso, orgullosamente dice,
“me licenciaron del servicio militar por  “...mi inhabilidad de ajustarme a la vida militar, por mi mala actitud, y mi falta de motivación, y, a veces por tratar de
manera agresiva y beligerante a las autoridades.”  Ed se ríe de esta experiencia con orgullo porque para entonces se había dado cuenta de que en el Army
hacían con los soldados lo que querían y que “el Army era no era más que una pandilla de mentirosos.”
       Ed Rico, aunque no rico económicamente, fue un hombre rico en experiencias  y con buen sentido del humor.  Ed, mi buen amigo, ¡que te vaya bonito!